
El sol que no perdona y el agua de panela fría
El sol de las cuatro de la tarde en Barranquilla no es un juego. Entra por el corredor de la casa de mi tía en Barrio Abajo con una pesadez que se siente en los hombros, rebotando en el cemento pulido hasta que todo parece brillar de más. Yo llego ahí después de pasarme cinco días respondiendo DMs de la pyme de artesanías —que si tienen envíos a Bogotá, que si el bolso de palma de iraca viene en fucsia— y lo único que quiero es soltar el celular. Pero apenas veo a mi tía sentada en su mecedora, con esa paz que solo da el sábado después de almuerzo, me entra el afán de capturar algo que no sea para un catálogo. Siento la condensación helada del vaso de agua de panela mojando mis dedos justo antes de ajustar el dial de la cámara, y ese frío en la yema de los dedos es el que me despierta el sentido de la luz.
Llevo poco más de un año en esto, dándole vueltas a la Canon usada que me vendió mi primo cuando se fue del país. Es una maquinita noble, con su sensor APS-C de 22.3 x 14.9 mm que, aunque no es de esas profesionales que cuestan lo que un carro, me deja ver cosas que el ojo a veces ignora. Al principio, yo pensaba que más sol era mejor. Tremendo error. El sol del Caribe a pleno golpe lo que hace es sacarte unas ojeras negras que parecen tatuadas y obligar a la gente a cerrar los ojos como si les estuvieran echando limón. Mi tía, que tiene una paciencia de santa, se dejaba poner ahí, bajo el resplandor, pero las fotos salían tiesas. No era ella.

La mentira de la hora dorada en el trópico
En todos esos vídeos de YouTube y en los cursos de Hotmart que compré —uno de ellos lo dejé por la mitad porque el profesor hablaba como si estuviera en un bosque en Finlandia— siempre te venden la famosa hora dorada como el santo grial. Dicen que es el momento perfecto. Pero aquí, cerca del ecuador, esa luz dura lo que dura un suspiro, apenas unos 20 o 30 minutos antes de que el sol se hunda y nos deje a oscuras. Un sábado de brisa en diciembre, me puse a perseguir esa luz y terminé frustrada porque para cuando le encontré el ángulo a la mandíbula de mi tía, ya el sensor estaba sufriendo por la falta de claridad.
Me di por probar algo que leí de pasada: olvidar el atardecer de postal y buscar la sombra. Parece contradictorio si quieres usar luz natural, pero en exteriores, la sombra es tu mejor amiga, especialmente si tienes una pared blanca cerca. Mi tía se movió un poquito hacia adentro del corredor, donde el sol no le daba directo pero la luz rebotaba desde la pared de la casa del vecino. Ahí fue cuando vi el cambio. Esa luz indirecta suavizó todo. Pensar que la cara de mi tía, sin filtros de Instagram, cuenta una historia mejor que cualquier campaña de la pyme me dio un vuelco en el corazón. Sus arrugas no eran defectos, eran texturas que la luz acariciaba sin violencia.

Jugando con el lente de kit y el diafragma
Casi siempre uso el lente 18-55mm que venía con la cámara. Es el que llaman 'pisapapeles' en los foros, pero para aprender a leer la luz en el corredor me ha servido más que cualquier equipo caro. A veces me frustro porque su apertura máxima en 18mm es de f/3.5, y cuando me acerco para un retrato cerrado, no logro ese fondo borroso de ensueño que se ve en las revistas. Pero ahí es donde entra la astucia de quien no tiene presupuesto: si no puedes desenfocar el fondo con el lente, busca que la luz separe al sujeto de lo que tiene atrás.
Las últimas semanas de abril, me puse a experimentar con el contraluz. Ponía a mi tía de espaldas a la claridad de la calle, pero protegida por el techo del corredor. El borde de su pelo se iluminaba como si tuviera un aura, y yo usaba una cartulina blanca que le pedí prestada a un sobrino para rebotar un poquito de luz hacia su cara. Es un juego de milímetros. Si te mueves mucho, entra un rayo de sol y te quema la foto. Si no te mueves, queda todo plano. Es como cuadrar un post de Instagram a las ocho de la mañana para que tenga alcance: hay un momento preciso donde todo cuaja, pero aquí no depende de un algoritmo, sino de cómo el aire húmedo de Barranquilla parece sostener la luz.

El secreto del mediodía nublado
Aquí es donde voy a decir algo que a lo mejor le vuela la cabeza a los que siguen manuales al pie de la letra: dejen de huirle al mediodía si el cielo está encapotado. El mes pasado, un sábado que amenazaba lluvia y el cielo se puso de ese gris panza de burro que tanto conocemos, me dio por sacar la cámara. Todo el mundo dice que a las doce no se toma fotos, pero con nubes, el cielo se convierte en el softbox más grande del mundo. La luz bajaba uniforme, sin sombras duras en la nariz ni en los ojos.
Ese día logré uno de los mejores retratos de mi tía. No había que pelear con el sol, no había que buscar reflectores. Solo ella, la luz suave y mi Canon configurada con calma. A veces nos obsesionamos con las luces dramáticas del atardecer y nos perdemos la honestidad de una tarde gris donde los colores de la ropa —esa bata floreada que ella siempre usa— se ven reales, sin ese tinte naranja que a veces lo ensucia todo. Fue una lección de humildad fotográfica: la mejor luz no es la más bonita, sino la que mejor te deja ver a la persona que tienes enfrente.

Anotaciones al margen de un sábado cualquiera
Al final del día, cuando ya el calor baja un poco y el agua de panela se acabó, me pongo a revisar las fotos en la pantallita de la cámara. Me da por anotar una captura no por la hora a la que se subió, como hago en el trabajo, sino por lo que sentí cuando el obturador sonó. He aprendido que aprovechar la luz natural en exteriores no es dominar la naturaleza, sino aprender a bailar con ella. Si el sol está muy fuerte, busca la sombra. Si está nublado, aprovecha la suavidad. Si es tarde, corre porque la noche te alcanza.
No busco ser profesional ni montar un estudio con flashes caros. Me basta con ver cómo se le ablanda la mandíbula a mi tía cuando le pido 'mírame un momentico, así, sin sonreír'. En ese segundo, la luz del corredor hace su magia y yo solo soy la que aprieta el botón, agradecida de haber dejado los DMs de la pyme por un rato para mirar de verdad lo que tengo cerca. La fotografía de retrato es, en el fondo, un ejercicio de paciencia y mucha observación, esperando que el sol de Barrio Abajo decida portarse bien por un instante.