
Eran como las cuatro de la tarde de un sábado de esos donde el calor en Barranquilla no te deja ni pensar, cuando el sol empieza a lamer las paredes de la casa de mi tÃa en Barrio Abajo. Yo estaba ahÃ, con la Canon usada que le compré a mi primo el año pasado âesa que todavÃa estoy pagando por cuotas desde marzo del 2025â, sintiendo el peso del cuerpo y el lente de 50mm que no terminaba de enfocar. Mi tÃa, sentada en su mecedora de mimbre, se puso tiesa apenas me vio levantar la cámara. ParecÃa que le hubieran echado almidón en la columna. Esa mandÃbula, que normalmente no para de contar chismes de la cuadra, se le cerró como un candado oxidado. No joda, pensé yo, asà no hay curso de Hotmart que valga.
El mito de la relajación y el lente de 50mm
Llevo desde marzo del año pasado intentando entender por qué la gente se transforma cuando tiene un lente al frente. Uno lee en los blogs de fotografÃa que lo primero es decirle a la persona que se relaje. Mentira. Si tú le dices a alguien que no ha modelado en su vida âcomo mi tÃa o la vecina que vende fritosâ que se relaje, lo que haces es recordarle que está tensa. Es como cuando en el trabajo me piden un reporte de última hora y me dicen 'fresco, sin presiones'; ahà es cuando más me presiono. En la fotografÃa de retrato aficionada, el primer consejo que aprendà a las malas es que la relajación no se pide, se construye con distracciones.
Ese sábado, mientras el vapor subÃa del pavimento y el olor a plátano frito de la esquina se metÃa por el corredor, me di cuenta de que mi lente de 50mm, montado en mi cámara con sensor APS-C, me obligaba a estar a una distancia muy especÃfica. Por el factor de recorte de 1.6x de mi Canon, ese 50mm se convierte en algo asà como un 80mm. Es una distancia focal preciosa para retratos porque no deforma la cara, pero te obliga a estar lo suficientemente cerca para que la persona sienta tu presencia, pero lo suficientemente lejos para que no parezca que le vas a sacar un ojo. Es un espacio Ãntimo que hay que saber manejar.

Por qué el 50mm f/1.8 es el mejor amigo del que empieza
Cuando empecé con esto, hace unos seis meses me dio por comprarme el lente 'fijo' porque en un video de YouTube decÃan que el bokeh âese fondo borrositoâ solucionaba la vida. Y sÃ, usar una apertura de f/1.8 ayuda mucho cuando la luz en el corredor de mi tÃa empieza a flaquear, pero también te exige que la persona no se mueva tanto porque el foco es crÃtico. Si mi tÃa se inclina un centÃmetro hacia adelante para ver qué estoy haciendo, ya le enfoqué la nariz y le desenfoqué los ojos. Es una danza de paciencia entre el calor, el clic metálico del obturador y el pulso mÃo que a veces tiembla por el café de la mañana.
El truco de las instrucciones 'antinaturales'
Aquà es donde me pongo un poco contraria a lo que enseñan en los cursos básicos que he hecho. Durante las últimas semanas, he dejado de buscar la 'espontaneidad' regalada. Mi tÃa no es modelo, ella no sabe qué hacer con las manos. Si le digo que haga lo que quiera, se agarra las manos como si estuviera rezando un rosario. Mi técnica ahora es darle instrucciones fÃsicas restrictivas y hasta un poco raras. Le digo: 'TÃa, pon la punta de la lengua detrás de los dientes de arriba' o 'imagina que tienes un hilo tirando de tu coronilla hacia el techo, pero baja los hombros'.
Parece una bobada, pero cuando le pides a alguien que se concentre en un movimiento fÃsico pequeño y especÃfico, su cerebro se olvida de la cámara. La cara se organiza sola. Es contradictorio, pero darle una instrucción antinatural genera una pose mucho más auténtica. Es como si al ocupar la mente en 'no apretar los labios', la mandÃbula se ablandara por puro cansancio de seguir la regla. Ese momento exacto en que los hombros de mi tÃa caen y su expresión se relaja cuando dejo de mirar por el visor, es el que trato de cazar justo antes de que ella se dé cuenta.
La conversación como disparador de luz
Un par de meses después de empezar, me di cuenta de que no puedo estar callada detrás de la cámara. Como community manager, me paso el dÃa respondiendo DMs y cuadrando copys, asà que hablar se me da fácil, pero hablar mientras encuadras es otra ciencia. No puedes preguntar cosas que requieran pensar mucho. Si le pregunto a mi tÃa cuánto le debe al de la tienda, se me pone seria y me sale una arruga en el entrecejo que no quita ni el mejor editor del mundo.
Lo que hago es contarle algo trivial, algo que ya sé que le va a dar risa o le va a dar curiosidad. Mientras ella me escucha, yo voy disparando. El clic metálico del obturador de mi Canon usada rompiendo el silencio del corredor mientras huele a agua de panela frÃa se vuelve parte del ambiente, como el ruido de los ventiladores. Ya no le asusta. A veces, para aprovechar la luz, le pido que mire hacia el portón oxidado del patio, buscando ese brillo en los ojos que da la luz de la tarde. Si quieres saber más sobre cómo manejo esos rayos de sol que entran por los calados, escribà hace poco sobre cómo aprovechar la luz natural en exteriores para retratos caseros, que es básicamente lo que hago todos los sábados.

El manejo de las manos: el eterno dolor de cabeza
¿Qué hacemos con las manos? Es la pregunta del millón. Las personas que no modelan sienten que las manos les crecen y les estorban frente a la cámara. Un truco que me funcionó hace poco, después de ver un módulo de un curso de Hotmart que casi no termino, es darles algo que sostener. Pero no cualquier cosa. Si le doy a mi tÃa su taza de café, se pone en modo 'foto de perfil de Facebook' y posa tiesa.
Lo que mejor me funciona es pedirle que se toque algo de su propia ropa o un accesorio, pero con una instrucción de movimiento. 'TÃa, acomódate el arete como si te lo estuvieras poniendo'. Ese movimiento circular de los dedos suaviza las articulaciones. O le pido que se pase la mano por el pelo pero que se detenga a la mitad. La clave es que la mano tenga un propósito, aunque sea un propósito inventado por mà para que la foto no parezca un carnet de identidad.
La importancia del 'momento después'
Casi todas mis fotos favoritas de estos últimos meses no son las que tomé cuando dije 'uno, dos, tres'. Son las que tomé justo después. Cuando la persona piensa que ya terminamos, suelta el aire y se rÃe de lo ridÃcula que se siente posando, ahà es cuando sale la verdad. En mi libreta de apuntes tengo anotado que a las 5:15 PM (lo anoté por la costumbre de los horarios de publicación en Instagram), capturé a mi tÃa mirando un pájaro que se posó en el limonero del patio. Ella ni se enteró.
Esa foto tiene grano, porque ya la luz estaba bajita y tuve que subir el ISO más de lo que me gustarÃa, pero la expresión es ella. No hay rastro de la 'cara de cámara'. He aprendido que para posar a alguien que no es modelo, a veces el mejor consejo es dejar de intentar que posen. Deja que se cansen de la pose perfecta y quédate ahÃ, lista, para cuando se les olvide que tienes una Canon en las manos.

Pequeños ajustes que cambian todo el encuadre
A veces el problema no es la cara, sino cómo el cuerpo recibe la luz. En el corredor de Barrio Abajo, la luz entra de lado, lo que es genial para crear sombras que den volumen, pero fatal si la persona se queda totalmente de frente a la cámara. Yo siempre les pido que giren el cuerpo unos 45 grados respecto a mÃ. Eso estiliza la figura y hace que la luz bañe el rostro de una forma más interesante, creando lo que los fotógrafos llaman iluminación Rembrandt, aunque yo solo lo llamo 'el triangulito de luz en el cachete'.
- El ángulo de la barbilla: Pide que saquen la barbilla un poquito hacia adelante y hacia abajo. Se siente rarÃsimo, como si fueras una tortuga, pero en la cámara elimina la papada y define la mandÃbula de una forma increÃble.
- El peso del cuerpo: Si están de pie, pÃdeles que pongan todo el peso en la pierna que está más lejos de la cámara. Eso crea una curva natural en la cadera y evita que la persona parezca un bloque de cemento.
- La mirada: No siempre tienen que mirar al lente. A veces, pedirles que miren a mi hombro o a la esquina del techo hace que la expresión sea más soñadora y menos confrontacional.
Al final del dÃa, después de gastarme la baterÃa y de que el sol se esconda detrás de los techos de zinc, me siento con mi tÃa a tomarnos el agua de panela que ya está tibia por el calor. Le muestro las fotos en la pantallita de la cámara. Ella se ve y dice: 'Oye Juliana, ¿y yo cuándo puse esa cara tan bonita?'. Y yo me rÃo, porque sé que esa cara estaba ahà todo el tiempo, solo que necesitaba un poquito de trampa y mucha conversación para salir a flote. No soy profesional, ni pretendo serlo, pero ver cómo se le ablanda la mandÃbula a mi tÃa en una foto vale más que todos los likes que gestiono de lunes a viernes.