Diario de Retratos

Comprar una cámara Canon usada para empezar en la fotografía de retrato

El calor de las cuatro de la tarde en Barrio Abajo no perdona. Se siente cómo el sol rebota en las baldosas del corredor de mi tía, soltando una humedad que se te pega a la nuca mientras esperas que la brisa del río se asome por el portón. Ahí me quedo yo, quieta, mirando cómo la luz va bajando por la pared turquesa hasta que toca la mecedora. Es el momento exacto. Le pido a mi tía que se siente un momentico, que deje el tejido a un lado. Ella se acomoda, un poco tiesa al principio, y yo levanto la cámara. Siento el peso frío del cuerpo de la cámara en mis manos después de haber estado tecleando en el celular toda la semana en la oficina, respondiendo DMs de clientes que preguntan precios de mochilas y sombreros. Ese cambio de textura, del plástico liso del celular al agarre rugoso de mi Canon usada, es lo que me dice que el sábado por fin empezó.

No busco la foto perfecta de revista. Solo quiero ver cómo le cambia la cara cuando se olvida de que la estoy apuntando. Al principio me daba pena, sentía que con un equipo de segunda mano —una cámara que mi primo me vendió a plazos cuando se mudó a España a finales de marzo del año pasado— no podía hacer nada serio. Pero después de varios meses de pagos a plazos y de muchas tardes de ensayo y error, entendí que el retrato no depende de cuántos ceros tenga la factura de la tienda, sino de cómo esa máquina vieja te obliga a mirar de verdad. Comprar una cámara usada no fue solo por ahorrarme unos pesos; fue la puerta de entrada a un mundo donde el tiempo corre más despacio que en el feed de Instagram de la pyme donde trabajo.

La elección de la primera cámara: ¿Por qué mirar hacia atrás?

Cuando empecé a buscar, todo el mundo me decía que me comprara la última réflex de gama de entrada, de esas que vienen en caja con dos lentes y huelen a nuevo. Pero mi primo, que sí sabe de esto, me dijo algo que solo entendí cuando tuve la cámara en mis manos: olvídate de las réflex de gama de entrada actuales; comprar una Canon profesional o semi-profesional de hace una década ofrece mejor calidad de imagen y una durabilidad que esas de plástico no tienen. Mi cámara no es de las que parecen un juguete. Tiene botones dedicados, una estructura que aguanta el sereno de Barranquilla y un sensor que, aunque digan que es viejo, captura la piel de una forma que se siente real, con sus poros y sus historias.

Esa decisión me permitió tener un equipo que no me limita. Muchas de las cámaras nuevas baratas se sienten como si se fueran a romper si las miras feo. En cambio, estas Canon de hace unos años fueron diseñadas para trabajar duro. Tienen lo que llaman el factor de recorte de sensor Canon APS-C de 1.6x, algo que al principio me sonaba a chino pero que terminó siendo mi mejor aliado para los retratos que tanto me gustan. Significa que mi lente se comporta de una forma distinta, dándome un encuadre más cerrado que me obliga a alejarme un par de pasos, dándole espacio a mi tía para que no se sienta invadida por el lente.

Lo otro importante al comprar usado es fijarse en el alma de la máquina: el conteo de obturaciones. Es como el kilometraje de un carro. Mi cámara tenía un número razonable cuando me la entregaron, y cada vez que escucho el clic metálico y seco del obturador rompiendo el silencio del corredor de mi tía mientras el olor a café recién hecho sale de la cocina, siento que ese contador vale la pena. Es un sonido honesto, muy distinto al sonido electrónico fingido de un celular. Es el sonido de un espejo moviéndose para dejar pasar la luz del Caribe.

El lente: El verdadero secreto del retrato

Si la cámara es el cuerpo, el lente es el ojo. Mi primo me la vendió con el lente que venía de fábrica, pero apenas pude, ahorré para comprar el famoso 'nifty fifty'. Es un lente fijo de 50mm que no tiene zoom, así que el zoom soy yo moviendo los pies por todo el patio. Lo que lo hace especial es su apertura máxima del lente f/1.8. Eso, en términos de sábado por la tarde, significa que puedo dejar el fondo tan borroso que mi tía parece despegarse de la pared llena de cuadros viejos, centrando toda la atención en sus ojos.

Usar un lente de 50mm en un sensor APS-C equivale a unos 80mm de visión real. Es una distancia focal ideal para retratos sin distorsión facial; no te pone la nariz más grande ni te deforma las orejas. Es la visión más parecida a como yo veo a mi tía cuando estamos conversando sin cámaras de por medio. Al principio me costaba enfocar con esa apertura tan grande, pero tras terminar el segundo curso de Hotmart que compré, aprendí que no se trata de disparar a lo loco, sino de esperar el momento en que ella exhala y se relaja.

En esos cursos, que a veces pausaba para anotar cosas en mi libreta mientras me tomaba un agua de panela bien fría, explicaban que la resolución de sensor común en modelos usados, que suele ser de unos 18 megapíxeles, es más que suficiente. A veces nos obsesionamos con tener millones de píxeles, pero para lo que yo hago —guardar recuerdos y compartirlos con la familia—, esos 18 megapíxeles me dan un detalle precioso. Puedo ver los hilos de la hamaca y las arruguitas que se le arman a mi tía en la comisura de los labios cuando trata de no reírse de mis inventos.

Aprendiendo a ver la luz natural en Barrio Abajo

Barranquilla tiene una luz que es un reto constante. O es demasiado fuerte y te quema las fotos, o es tan húmeda que todo se ve como lavado. Los sábados calurosos de este año me han servido para entender que la cámara no hace milagros si no sabes dónde poner a la gente. He pasado horas moviendo a mi tía unos centímetros a la izquierda o a la derecha, buscando que la luz del sol no le dé directo en la cara, sino que rebote suavemente en las paredes claras del corredor.

Es en esos momentos cuando agradezco tener una cámara con montura EF y EF-S. Canon ha usado este sistema por décadas, lo que significa que puedo encontrar lentes viejísimos y muy baratos en mercados de segunda mano que le sirven perfectamente a mi cámara. Esa compatibilidad es una bendición para alguien que está empezando y no tiene un presupuesto de profesional. Me permite experimentar con diferentes cristales sin tener que empeñar el sueldo de la pyme.

A veces, cuando la luz está especialmente difícil, me acuerdo de lo que escribí sobre cómo aprovechar la luz natural en exteriores para retratos caseros. No es lo mismo leerlo que estar ahí con el sudor corriéndote por la espalda, tratando de que el sensor no se vuelva loco con el contraste. Pero esa es la gracia del hobby: que nadie me está apurando. Si la foto sale oscura, ajusto un dial, le pido a mi tía que espere un segundo y vuelvo a intentar. No hay DMs que responder, solo la luz y yo.

La técnica detrás del sentimiento

No todo es fierros y cristal. El retrato tiene mucho de psicología, o al menos eso me dio por pensar después de un año de ensayar. Al principio yo le decía a todo el mundo 'sonríe', y las fotos salían tiesas, como de documento de identidad. Después de ver varios vídeos de YouTube y de ese módulo del curso que casi olvido porque me pareció muy técnico al principio, empecé a aplicar trucos más sencillos. Por ejemplo, me di cuenta de que cuando le pido a alguien 'mírame un momentico, así, sin sonreír', la expresión cambia por completo.

He notado cómo se le ablanda la mandíbula a mi tía cuando deja de posar para la cámara y simplemente me mira a mí, a su sobrina. Es una conexión que no se logra con el celular. La cámara pone una distancia física que, curiosamente, crea una cercanía emocional. Ella sabe que estamos haciendo algo especial, que le estoy dedicando mi tiempo de descanso a capturar su imagen. Ese respeto por el momento hace que la pose sea más honesta.

Para quienes no están acostumbrados a estar frente a un lente, sigo algunos consejos prácticos para posar personas que no son modelos profesionales que me han salvado la vida. No se trata de decirles qué hacer con cada dedo, sino de darles algo en qué pensar o algo que sostener. A veces le pido a mi tía que me cuente algo de cuando ella era pelada en el barrio, y mientras habla, el obturador hace su trabajo. Esas son las fotos que termino guardando con más cariño, donde no hay pose, solo vida.

¿Vale la pena comprar usado hoy en día?

Mucha gente me pregunta si no me dio miedo que la cámara se dañara al mes. La verdad es que si compras con cuidado, el riesgo es mínimo comparado con el beneficio. Una cámara Canon de gama media o alta de hace años tiene una construcción que las de entrada modernas no sueñan. Se sienten sólidas, como herramientas de verdad. El equipo de segunda mano no limita la calidad; al contrario, te obliga a entender mejor la luz natural y la composición porque no tienes tantas ayudas electrónicas que lo hagan todo por ti.

Además, empezar con algo usado te quita ese miedo de 'ay, se me va a rayar'. Mi cámara ya traía sus marquitas de guerra de cuando era de mi primo, y eso me da la libertad de llevarla conmigo sin tanto estrés. La meto en mi bolso, camino las pocas cuadras hasta la casa de mi tía y sé que está ahí para trabajar. No es un objeto de lujo para mostrar, es mi compañera de los sábados.

Al final del día, cuando el sol ya se guardó y el calor empieza a ceder un poquito, me siento en el comedor a revisar lo que hice. Hay muchas fotos movidas, otras donde el enfoque se me fue para la oreja en vez de al ojo, y algunas que simplemente no dicen nada. Pero siempre hay una, una sola, donde la luz del corredor y la mirada de mi tía se pusieron de acuerdo. En esa foto, mi cámara vieja se siente como la tecnología más avanzada del mundo porque logró detener un segundo que ya no vuelve. Y eso, para una community manager que vive corriendo tras las tendencias del momento, es el mejor regalo que me he podido dar.

Si estás pensando en meterte en esto, no esperes a tener el presupuesto para la cámara del año. Busca a ese primo que cambió de equipo, revisa los grupos de ventas de confianza y lánzate. El retrato se aprende disparando, fallando y volviendo a mirar. Al final, lo que importa no es si tu cámara tiene Wi-Fi o mil puntos de enfoque, sino lo que tú eres capaz de ver a través de ella mientras te tomas una agua de panela y esperas a que la luz se ponga bonita en el corredor.

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